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Sección 7—Sombras Sobre el Nido

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Sombras Sobre el Nido

El corazón anhela amor humano, pero este amor no es bastante fuerte, ni puro, ni precioso para reemplazar el amor de Jesús. Unicamente en su Salvador puede la esposa hallar sabiduría, fuerza y gracia para hacer frente a los cuidados, responsabilidades y pesares de la vida. Ella debe hacer de él su fuerza y guía. Dése la mujer a Cristo antes que darse a otro amigo terrenal, y no forme ninguna relación que contraríe esto. Los que quieren disfrutar verdadera felicidad, deben tener la bendición del cielo sobre todo lo que poseen, y sobre todo lo que hacen. Es la desobediencia a Dios lo que llena tantos corazones y hogares de infortunio. Hermana mía, a menos que quiera tener un hogar del que nunca se levanten las sombras, no se case con un enemigo de Dios.

Unirse con un incrédulo es ponerse en el terreno de Satanás. Usted agravia al Espíritu de Dios y pierde el derecho de su protección. ¿Puede usted incurrir en tales desventajas mientras pelea la batalla por la vida eterna?

“Si dos de vosotros se convinieren en la tierra, de toda cosa que pidieren, les será hecha por mi Padre que está en los cielos” Mateo 18:19. ¡Pero cuán extraño es el espectáculo! Mientras una de las personas tan íntimamente unidas se dedica a la oración, la otra permanece indiferente y descuidada; mientras una busca el camino a la vida eterna, la otra se halla en el anchuroso camino que lleva a la muerte. [80]

¿Andaran dos Juntos si no Estan de Acuerdo?

Me han sido mostrados los casos de algunos que profesan creer la verdad y han cometido el gran error de casarse con personas incrédulas. Tenían la esperanza de que el cónyuge incrédulo aceptaría la verdad, pero éste después de alcanzar su objeto se halla más lejos de la verdad que antes. Y luego empiezan los trabajos sutiles, los esfuerzos continuos del enemigo para apartar al creyente de la fe.

Muchos están perdiendo ahora su interés y confianza en la verdad porque se han relacionado íntimamente con la incredulidad. Respiran una atmósfera de duda y descreimiento. Ven y oyen a la incredulidad, y finalmente la aprecian. Algunos tienen el valor de resistir a estas influencias, pero en muchos casos su fe queda imperceptiblemente minada y finalmente destruida...

Satanás sabe muy bien que la hora del casamiento de muchos jóvenes de ambos sexos cierra la historia de su experiencia religiosa y de su utilidad. Quedan perdidos para Cristo. Tal vez hagan durante un tiempo un esfuerzo para vivir una vida cristiana; pero todas sus luchas se estrellan contra una constante influencia en la dirección opuesta. Hubo un tiempo en que era para ellos un privilegio y un gozo hablar de su fe y esperanza; pero luego llegan a no tener deseos de mencionar el asunto, sabiendo que la persona a la cual han ligado su destino no se interesa en ello. Como resultado, la fe en la preciosa verdad muere en el corazón, y Satanás teje insidiosamente en derredor de ellos una tela de escepticismo... [81]

El cónyuge creyente razona que, dada su nueva relación, debe conceder algo al compañero que ha elegido. Asiste a diversiones sociales y mundanas. Al principio lo hace de mala gana; pero el interés por la verdad disminuye, y la fe se trueca en duda e incredulidad...

¿Qué debe hacer todo creyente cuando se encuentra en esa penosa situación que prueba la integridad de los principios religiosos? Con firmeza digna de imitación debe decir francamente: “Soy cristiano a conciencia. Creo que el séptimo día de la semana es el día de reposo bíblico. Nuestra fe y principios son tales que van en direcciones opuestas. No podemos ser felices juntos, porque si yo sigo adelante para adquirir un conocimiento más perfecto de la voluntad de Dios, llegaré a ser más diferente del mundo y semejante a Cristo. Si usted continúa no viendo hermosura en Cristo, ni atractivos en la verdad, amará al mundo, al cual yo no puedo amar, mientras yo amaré las cosas de Dios que usted no puede amar...

Usted no será feliz; sentirá celos por el afecto que entrego a Dios; y yo igualmente me sentiré aislada por mis creencias religiosas. Cuando sus opiniones cambien, cuando su corazón responda a las exigencias de Dios y usted aprenda a amar a mi Salvador, entonces podremos renovar nuestras relaciones”.

El creyente hace así por Cristo un sacrificio que su conciencia aprueba, y que demuestra que aprecia demasiado la vida eterna para correr el riesgo de perderla. Siente que sería mejor permanecer soltero que ligar sus intereses para toda la vida a una persona que prefiere el mundo a Cristo...

¿Podrá aquel que busca gloria, honra, inmortalidad y vida eterna, unirse con otra persona que rehusa alistarse con los soldados de la cruz de Cristo? Vosotros, los que profesáis elegir a Cristo como vuestro maestro y obedecerle en todas las cosas, ¿habréis de unir vuestros intereses con personas regidas por el príncipe de las potestades de las tinieblas? “¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de concierto? Amós 3:3...

Centenares de personas han sacrificado a Cristo y el cielo al casarse con personas inconversas. ¿Pueden conceder tan poco valor al amor y a la comunión de Cristo que prefieren la compañía de pobres mortales? [82]

La carta dirigida a Rosa, trata del problema quizás más peligroso para una joven—el casarse con un incrédulo. Este asunto es ciertamente uno de los obstáculos más serios para un matrimonio cristiano feliz.

El punto que Elena de White considera con Rosa, lo debiera tomar seriamente en cuenta cada señorita—no escuchar promesas. La cuestión del compromiso espiritual se establece mejor antes del matrimonio, no después. Como lo sugiere esta carta, “es cuestión de vida o muerte”. [83]

Copenhague, Dinamarca

Junio 3, 1887

Querida Rosa:

He sabido que estás pensando casarte con un hombre que no es creyente. No puedo escribirte ahora una carta larga, pero quisiera decirte que si das este paso estás apartándote de la clarísima prohibición de la Palabra de Dios y no puedes esperar o reclamar su bendición sobre una unión tal. Todas las promesas de Dios están condicionadas a la obediencia.

Satanás está listo para cegar la mente y el alma del que siga una conducta directamente contraria a la expresa voluntad de Dios, a fin de separar a esa alma de Dios, intervenir con sus tentaciones y obtener el control sobre la mente y los afectos del corazón. Es el plan estudiado de Satanás llevar a las almas a apartarse de Aquel que es poderoso en consejo a fin de que se entreguen a la persuasión de mentes que no tienen el amor de Dios y que no aman la verdad.

Dios te ha bendecido con gran luz y el Señor espera que estudies su voluntad, a fin de que sigas cuidadosamente las direcciones que se te dan en su Palabra. Estás enceguecida, estás siendo entrampada para tu ruina. Tienes razones para sentirte agradecida a Dios cada hora. Apóyate en él, cuya sabiduría se da en consejo en su santa Palabra. El se preocupa por sus hijos más de lo que lo hace el padre más afectuoso. Ve el fin desde el principio, y por esta razón nos ha dejado promesas y advertencias y ha prohibido a sus hijos seguir cierto proceder que sería ruinoso para ellos.

El apóstol Pablo envía una nota de advertencia acerca de este asunto para este tiempo. “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos, porque, ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros Padre y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor todopoderoso” 2 Corintios 6:16-18. [84]

El Señor ha prohibido expresamente a su pueblo unirse en matrimonio con los incrédulos. Dios sabe lo que es mejor para los intereses eternos y para el bien presente del alma. Te advierto que te apartes de este terreno prohibido.

Podría contarte acerca de diferentes casos que el Señor me mostró en Europa, de personas que cometieron un error similar al que tú estás cometiendo ahora; la miserable realidad que están experimentando por haberse unido a compañeros incrédulos, obstaculizados en todo lo que tiene que ver con el avance espiritual, a pesar de las solemnes promesas que se les hicieron de que de ninguna manera se les pondrían obstáculos en sus privilegios religiosos. ¿De qué valen esas promesas? ¡Las promesas más solemnes quebrantadas! ¿Cómo podría ser de otra forma cuando los dos sirven bajo generales distintos, cada uno de ellos en mortal oposición al otro? ¿Dónde, entonces, está la dulce armonía?

Rosa, observa bien tus pasos; no escuches promesas, cree solamente la Palabra de Dios que te hará sabia para la salvación. No confíes en tu propio corazón porque el corazón es engañoso por sobre todas las cosas y desesperadamente malo. Amo tu alma porque eres la adquisición de la sangre de Jesucristo. El ha pagado un gran precio por tu redención y no te perteneces para disponer de ti misma como se te ocurra. Debes dar estrecha cuenta en el juicio de cómo has utilizado las facultades que te dio Dios.

Estas cosas requieren de ti seria reflexión y acción decidida en armonía con las clarísimas direcciones establecidas en la Palabra de Dios. Ahora estás siendo tentada. Es tu tiempo de prueba. ¿Resistirás al enemigo? ¿O te colocarás en una posición tal que ejerza su poder sobre ti?

Es cuestión de vida o muerte para ti El Señor te ayude a ver cada trampa de Satanás a fin de evitarlas, y que te aferres de Jesús con corazón, alma, mente y fuerza.

Ellen G. White,

Carta 1, 1887 [85]

Esta carta a Laura, como la anterior dirigida a Rosa, enfoca el problema de casarse con un incrédulo. La mensajera del Señor plantea algunas preguntas bastante directas. ¿Cómo las contestarías si estuvieras en lugar de Laura?

Al leer esta carta, habría otras preguntas que muy bien se podrían hacer a cada señorita que contempla un matrimonio tal. ¿Estás siendo justa y honesta con el joven que quiere casarse contigo?

En esta carta, publicada en Testimonies, tomo 5, Elena G. de White define al incrédulo como uno que “no ha aceptado la verdad para este tiempo”. [86]

Santa Elena, California

Febrero 13, 1885

Querida Laura:

He sabido que piensas casarte con alguien que no está unido contigo en fe religiosa, y me temo que no has pesado cuidadosamente este asunto tan importante. Antes de dar un paso que ha de ejercer una influencia sobre toda tu vida futura, te ruego que estudies el asunto con oración y reflexión. ¿Resultará esta nueva relación en fuente de verdadera felicidad? ¿Te ayudará en la vida cristiana? ¿Agradará a Dios? ¿Será el tuyo un ejemplo para otros?

Antes de dar su mano en matrimonio, toda mujer debe averiguar si aquel con quien está por unir su destino es digno. ¿Cuál ha sido su pasado? ¿Es pura su vida? ¿Es el amor que expresa de carácter noble y elevado o es un simple enamoramiento emotivo? ¿Tiene rasgos de carácter que le harán feliz a ella? ¿Podrá encontrar verdadera paz y gozo en su afecto? ¿Se le permitirá preservar su individualidad, o deberá someter su juicio y conciencia al dominio de su marido? Como discípula de Cristo, no se pertenece; ha sido comprada por precio. ¿Puede ella honrar los requerimientos del Salvador como supremos? ¿Conservará su alma y su cuerpo, sus pensamientos y propósitos puros y santos? Estas preguntas tienen una relación vital con el bienestar de cada mujer que contrae matrimonio.

Se necesita religión en el hogar. Unicamente ella puede prevenir los graves males que tan a menudo amargan la vida conyugal. Solamente donde reina Cristo puede haber amor profundo, verdadero y abnegado. Los ángeles de Dios serán los huéspedes en el hogar y sus santas vigilias santificarán la cámara nupcial.

Te suplico que consideres el paso que te propones dar. Pregúntate: “¿Apartará un esposo incrédulo mis pensamientos de Jesús? ¿Ama los placeres más que a Dios? ¿No me inducirá a disfrutar de las cosas en que él se goza?” La senda que conduce a la vida eterna es penosa y escarpada. No tomes sobre ti cargas adicionales que retardarán tu avance.

El Señor ordenó al antiguo Israel que no se relacionara por casamiento con las naciones idólatras que lo rodeaban. Se da la razón. [87] La sabiduría infinita, previendo el resultado de tales uniones, declara: “Porque desviará a tu hijo de en pos de mí, y servirán a dioses ajenos; y el furor de Jehová se encenderá sobre vosotros, y te destruirá pronto”. “Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra” Deuteronomio 7:4, 6

En el Nuevo Testamento se registran prohibiciones similares concernientes al matrimonio de los cristianos con los impíos. “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia?” 2 Corintios 6:14

Laura, ¿te atreverás a despreciar estas indicaciones claras y definidas? Como hija de Dios y súbdito del reino de Cristo, comprada por su sangre, ¿cómo puedes unirte con quien no reconoce sus requerimientos, que no está dominado por su Espíritu? Los mandamientos que te he citado no son palabras de hombre, sino de Dios. Aunque el compañero de tu elección fuera digno en otros aspectos (lo cual no es así), no ha aceptado la verdad para este tiempo; es incrédulo, y el cielo te prohíbe unirte con él. No puedes, sin peligro de tu alma, desoír la prohibición divina.

Tal vez digas: “Pero yo he dado mi promesa, ¿debo retractarla?” Te contesto: Si has hecho una promesa contraria a las Escrituras, por lo que más quieras, retráctate de ella sin dilación, y en humildad delante de Dios, arrepiéntete de la infatuación que te indujo a hacer una promesa tan temeraria. Es mucho mejor retirar una promesa tal, en el temor de Dios, que cumplirla y por ello deshonrar a tu Hacedor.

Hay en el mundo cristiano una indiferencia asombrosa y alarmante para con las enseñanzas de la Palabra de Dios acerca del casamiento de los cristianos con los incrédulos. Muchos que profesan amar y temer a Dios prefieren seguir su propia inclinación antes que aceptar el consejo de la sabiduría infinita. En un asunto que afecta vitalmente a la felicidad y el bienestar de ambas partes, para este mundo y el venidero, la razón, el juicio, y el temor de Dios son puestos de lado, y se deja que dominen el impulso ciego y la determinación obstinada.

Hombres y mujeres que en otros aspectos son sensatos y concienzudos, cierran sus oídos al consejo; son sordos a las súplicas y ruegos de amigos y parientes, y de los siervos de Dios. La expresión de cautela o amonestación es considerada como entrometimiento impertinente, y el amigo que es bastante fiel como para hacer una reprensión es tratado como enemigo. [88]

Todo esto está de acuerdo con el deseo de Satanás. El teje sus ensalmos en derredor del alma, y ésta queda hechizada, infatuada. La razón deja caer las riendas del dominio propio sobre el cuello de la concupiscencia, las pasiones no santificadas predominan, hasta que demasiado tarde, la víctima se despierta para vivir una vida de desdicha y servidumbre. Este no es un cuadro imaginario, sino un relato de hechos ocurridos. Dios no sanciona las uniones que ha prohibido expresamente.

Durante años he estado recibiendo cartas de distintas personas que formaron matrimonios infelices, y las historias repugnantes que me fueron presentadas bastan para hacer doler el corazón. No es ciertamente fácil decidir qué consejo se puede dar a estas personas desdichadas, ni cómo se podría aliviar su condición; pero por lo menos, su triste suerte debe servir de advertencia para otros.

Tú estás bajo la más sagrada obligación de no empequeñecer o comprometer tu santa fe vinculándote con los enemigos de Dios.

Si te sientes tentada a despreciar las recomendaciones de su Palabra porque otros lo han hecho, recuerda que también tu ejemplo ejercerá influencia. Otros harán como tú haces, y de esta manera se extenderá el mal.

Se nos ofrecen los mayores incentivos para ser fieles, las más gloriosas recompensas. Los cristianos han de ser representantes de Cristo, hijos e hijas de Dios.

Dios te ayude a soportar la prueba y a conservar tu integridad. Aférrate por la fe a Jesús. No faltes a tu Redentor.

Con el más profundo afecto

Ellen G. White,

Carta en Joyas de los Testimonios 2:119-125. [89]

¿Jugara Usted con Su Matrimonio?

La persona incrédula puede poseer un excelente carácter moral; pero el hecho de que no haya respondido a las exigencias de Dios y haya descuidado una salvación tan grande, es razón suficiente para que no se verifique una unión tal.

A veces se arguye que el no creyente favorece la religión y que como cónyuge es todo lo que puede desearse, excepto en una cosa, que no es creyente. Aunque el buen juicio indique al creyente lo impropio que es unirse para toda la vida con otra persona incrédula, en nueve casos de cada diez triunfa la inclinación. La decadencia espiritual comienza en el momento en que se hace el voto ante el altar; el fervor religioso se enfría, y se quebranta una fortaleza tras otra, hasta que ambos están lado a lado bajo el negro estandarte de Satanás. Aun en las fiestas de boda, el Espíritu del mundo triunfa contra la conciencia, la fe y la verdad. En el nuevo hogar no se respeta la hora de oración. El esposo y la esposa se han elegido mutuamente y han despedido a Jesús.

Al principio el cónyuge no creyente no se opondrá abiertamente, pero cuando se le presenta el asunto de la verdad bíblica a su atención y consideración, surge en seguida el sentimiento: “Te casaste conmigo sabiendo lo que era y no quiero que se me moleste. De ahora en adelante quede bien entendido que la conversación sobre tus opiniones particulares queda prohibida”. Si el cónyuge creyente manifiesta algún fervor especial respecto de su propia fe, ello tal vez pueda ser interpretado como falta de bondad hacia el que no tiene interés en la experiencia cristiana. [90]

Los que piensan en casarse deben pesar cada sentimiento y cada manifestación del carácter de la persona con quien se proponen unir su suerte. Cada paso dado hacia el matrimonio debe ser acompañado de modestia, sencillez y sinceridad, así como del serio propósito de agradar y honrar a Dios. El matrimonio afecta la vida ulterior en este mundo y en el venidero. El cristiano sincero no hará planes que Dios no pueda aprobar. [91]

Jaime White y Elena Harmon se casaron el 30 de agosto de 1846. No se fotografiaron entonces, pero esta fotografía tomada en 1864, representa esa ocasión. [92] [93]

Reproducción de la licencia matrimonial de Jaime y Elena G de White. Los casó un juez de paz, probablemente debido a que, como creyentes en la segunda venida de Cristo al promediar la década de 1840, habían sido desfraternizados de sus iglesias. La Iglesia Adventista del Séptimo Día, que recién se organizó en 1863, no tenía pastores con credencial cuando ellos se casaron en 1846.

 

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